taller de hoy 9/05/09
Hoy el taller queda anulado.
Borja no puede asistir
Se darán si no pasa nada las dos semanas que vienen seguidas
UN saludo a todos
Un beso
Hoy el taller queda anulado.
Borja no puede asistir
Se darán si no pasa nada las dos semanas que vienen seguidas
UN saludo a todos
Un beso
Sus pasos eran de aire, la mirada clara como la oscuridad, la piel iba escribiendo sus poemas en vuelo. De pronto una luz rebotó como un eco, un eco prendido sin retorno. La expresión del júbilo, por encima de pesos, de sentimientos, se alzaba en un perfil chinesco. Sombra del dolor en lo alto, tenso y triunfante, no dejes de sonreir en ese fugaz instante eterno. Así es el placer, un dolor desvestido de mueca, un quiebro etéreo sobre la nada que te conduce por esa luz recortada a lo impreciso.
Autora de la foto: Lydia Solans
jejjejjeej
Nachete hijo no te pierdas, escribe lo que te salga del huevo izquierdo, y ya está
que no te sale un ensayo, que a mi tampoco vamos que no tengo ni idea de hacer esas cosas, peor que lo que te de la gana como si quieres hacer una macedonia de estilos, lo importante es traer algo que se pueda leer y discutir de buenas maneras, de todas formas yo trabajo, llegaré tarde no sé si estareis o no como que ahora van cuatro gatos y ni dios escribe pues eso, nos vamos antes, no hay temas para comentar, teneis que hacer el esfuerzo de escribir lo que sea, da igual si se adapta a los deberes o no, lo que sea aunque sea un penamiento , de todas formas ahora con lo del cortabragas otra vez en escena hay tema para hacer un ensayo tipo ostias, algo así haré yo
Un besito
todo esto lo hago extensible a todos
Sois la hostia. Qué se nos ha perdido a nosotros en los ensayos. Cada día estoy más perdido en este taller.
Cuesta abajo.
la próxima reunión de taller e hará el día 9 de mayo a la hor ade siempre
Los deberes a traer son un ensyo sobre el tema que querais en la que defendais una postura totalmente antagónica a la vuestra y hacerla creible.
Defender esa idea a capa y espada
jejejjeejeje
Ala campeones os ha tocado, yo ya veré lo que hago
Traed algo, joder que ya os vale, que perrucios sois, jolines
Besitos
LA PROCESIÓN DE VIERNES SANTO DE LA CATEDRAL DE SANTA ANA
La procesión acababa de salir de la Catedral de Santa Ana, los pasos se seguían unos a otros llevados por el ritmo golpeado de los tambores y el pitido agudo de las cornetas. Todos al mismo paso, todos con el mismo contoneo fúnebre y respetuoso.
La imagen que causaba mayor expectación era la quinta, pues detrás de ella venían los penitentes, y despertaba un morbo inquietante entre la multitud que ya empezaba a agolparse para ver mejor los detalles. Pasaba el paso de La Flagelación.
Esta vez, no había muchos penitentes, entre todos formarían un grupo de 6 personas, dos mujeres y cuatro hombres, sólo una de ellos iba descalza, cubría su cuerpo con un sayo hecho de saco de aspillera, y lo ceñía a su cintura con una gruesa soga de esparto, enroscada por dos o tres vueltas y anudada por siete u ocho nudos. Ella por sí sola llamaba la atención, por los numerosos cilicios que llevaba atados al cuerpo, por la sangre que manaba de sus rodillas, su cuello, y su espalda.
Colgada al cuello con alambre de espinos llevaba una enorme cruz que le llegaba a la entrepierna, de madera, y un Cristo labrado en oro y pedrería, una cruz hermosa, y tentadora. En sus manos llevaba un rosario entrelazado, con el que iba caminando y rezando a la par. En cada respuesta se atizaba con el látigo que sujetaba con ambas manos, se daba con rabia, y cuanto más daño se hacía mayor era su sonrisa, y su arrobamiento místico.
Como los pasos iban lentos, ella se propuso rezar todos los misterios en esa noche; gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos. Los gozosos, en realidad los pasó de corrida, sin apenas anunciar los nombres de ellos, pues a ella, los que de verdad le interesaban, eran los dolorosos, para expiar sus culpas, en ellos estaba, fustigándose con auténtica saña, y aquel rosario no paraba de correr entre sus dedos, y su boca no perdía compás ni siquiera al respirar, al rezar las jaculatorias.
Veinte misterios en total, y sólo cinco dolorosos, eso le causaba mucha pena, temía acabar la procesión sin poder ser perdonada por todas sus faltas, algunas muy graves, como la de esta noche.
Oración tras oración, aquella mujer tenía los labios resecos y espumilla blanca reseca en la comisura de éstos. Por cada misterio, tenía que rezar 10 avemarías, 1 padre nuestro, 1 Gloria y 1 Jaculatoria.
Andaba como una zombi, sus pasos no seguían orden alguno, ni el ritmo cadencioso de los tambores, su cuerpo oscilaba hacía atrás y hacía delante, en un movimiento pendular uniforme, como si de un títere se tratara. No miraba a nadie, sólo al suelo, su mirada perdida en el asfalto de las calles, enajenada por completo, ella seguía fustigándose y rezando.
A pesar de que su visión, era la comidilla de todo aquel que la veía, ella seguía distanciada en la soledad y amargura de su alma. Algunos se reían, y mofaban de ella, bajito para que no se notara, otros giraban la vista, otros simplemente tenían la mirada imantada a su cuerpo y a sus movimientos, cada vez más rápidos y coléricos. Otros, los más esperaban una reacción de dolor, algún grito, algún aullido, un simple suspiro o desvanecimiento, pero nada de eso se produjo.
Atónitos, y con espectral silencio estaban los espectadores de aquel siniestro y macabro acontecimiento, sin acabar de entender ni comprender semejante autocastigo.
La procesión seguía su marcha marcial, paso a paso, y ella seguía con su rosario, y los misterios ya iban por los gloriosos, mientras por la puerta de la catedral habían pasado ya cuatro pasos más.
Y ya como punto final salió el Santo Sepulcro, un ataúd con el cuerpo Presente de Jesucristo. Detrás de esa imagen mujeres de riguroso luto, y peineta en ristre van siguiendo la procesión, con sus rosarios en sus manos enguantadas de blanco, impolutas y a la vista, libres de pecado, portando velas para alumbrar el camino del Señor.
Cuando los pasos iban de vuelta a la catedral, a pocos metros del pórtico, cayó desmayada, chorreando sangre, con los pies abrasados del asfalto, y el sayo hecho trizas. Apenas quedaba nadie en el pórtico.
Unos jóvenes estaban en el parque de enfrente, sentados en el respaldo de un banco, frente a la entrada de la Catedral, la vieron caer, y quedarse ovillada alrededor de su cintura con las piernas dislocadas. Sería por la Semana Santa y la sensibilidad que esta despierta en la gente hacia el prójimo o por que simplemente no eran tan pasotas como se creían, pero se echaron en tropel hacia ella e intentaron levantarla, pero…
La mujer apenas si respiraba, los portadores del paso que iban ya en descanso, sacaron a los jóvenes de allí, y se la llevaron en brazos.
En la casa del Obispo, pegada a la catedral, unas monjas la recogieron, la asearon y la cuidaron, hasta que estuvo recuperada.
Se supo días después que era monja de las Carmelitas, en régimen de casi clausura, se había escapado del convento, para acudir a la procesión, se lo había prometido a su padre en el lecho de muerte.
Ella sabía que estaba totalmente prohibido tanto el escaparse como el dar el espectáculo que dio, la voz corrió como la pólvora en los días siguientes al Viernes Santo. Y la gente no conocía su condición de monja, pero se interesaba por ella, y cuando acudían a la catedral preguntaban al párroco siempre por ella, y rezaban oraciones por su pronta recuperación.
Cuando llegó a su convento, la Madre la recibió de muy malos modos, y le dijo que el Obispo iba a tomar cartas en el asunto, y decidirían si seguía en la congregación o la expulsaban.
Otra salida era que se fuera a las misiones en el Sudán, con carácter indefinido.
Sor Milagros no dijo nada, entendió el castigo, y admitió con gran regocijo su nueva habitación: la Celda de Castigo, lo único que pidió fue que le dejaran llevar su gran crucifijo y su rosario.
A ello no se negó la madre, y con un hábito limpio, y sus instrumentos de rezo se adentró en aquel cuartucho húmedo y sombrío.
Cuando se cerró a su espalda la cancela de la puerta, Sor Milagros respiró hondo, cogió su rosario, con cuentas aproximadamente de un centímetro de diámetro, de tacto nacarado y color negro, se arrodillo, y rezó con fervor, para que Dios es su excelsa benevolencia, le impusiera el castigo más duro que pudiera imaginarse.
Después alzó el crucifijo, quitó el espejo minúsculo, rayado, y en su lugar lo colgó.
—Como yo te quiero y te adoro, nadie Señor Mío, nadie. Dame el peor castigo que haya a tu alcance. Te lo debo por incumplir el reglamento, pero… Se lo prometí a mi padre, tenía que expiar sus pecados, y los míos. Soy tu esclava, dispón de mí como tú creas conveniente mi Señor. Ellos te crucificaron, te asesinaron, te trataron como a un vulgar delincuente, y yo quiero pagar también por esas culpas. Perdóname Dios Mío y haz de mí tu voluntad.
Me lo contó una brecha hendida en el hielo. Su autoridad partía el lienzo blanco y mostraba su profundidad. Por ahí se colaba la vista hasta el vacío abisal. Un lugar tan amplio donde cabía todo, hasta la nada.
Me dijo: un bloque de hielo, que es una superficie perfecta, lisa, deslizante y facil de entender, puede ser un refugio. Increible si se piensa en su apariencia inhóspita, inasible, en su frío constante y su soledad. Pero para quien se encuentra entre placas de hielo todo eso no cuenta. Uno hace su mundo con el ondear de la vista, con las manos que palpan el presente, con los pies que hacen de sus pasos, recuerdos. Igual da selva, que desierto, que hielo polar. Tu hogar está donde te encuentres.
Las brechas separamos grandes extensiones de agua helada. Me explicaba. El hielo siempre es igual, tiene el mismo color, textura y temperatura, no importa hacia donde dirijas la mirada de vapor helado. Todo parece uniforme, pero tu vida lo hace singular. Uno se crea a pálpitos su propia conciencia en cada lugar.
Crucé al otro lado del hielo, superé la grieta, ese tajo oscuro, enigmático, y me sentí distinta. La naturaleza es la perennidad, nosotros somos un paisaje emocional transportable en el bolsillo. Pero faltan puentes, para mí el hielo nunca será igual a ambos lados de la hendidura. Su gran boca inerte dice que no lo entiende, pero sé que lo corrobora.
El día 04 -04 -09 el sábado próximo no habrá taller de escritura
Borja no puede acudir a dar la clase
Por favor no vengais, y avisad a todo el que podais, yo no tengo más correos que los que he enviado y telefonos no tengo ninguno
Un saludo
Mª José
Bueno lo que yo te puse eran los deberes que había que hacer para el Sabado, para hacerlos en casa
De lo que se hizo en el taller ni puta idea
De lo que hay que hacer para el Sábado 04 -04 -09, es decir traerlo hecho de casa, que yo no sé si estaré o no, aún no sé si trabajaré o me suicidaré, jejee, es lo siguiente:
_Inventar un personaje y a través de él dar una opinión de la utilidad de la religión, no es ensayo, ni tu idea propia, el deber en sí , es crear un personaje lo más antagónico posible a tus ideas, para trabajar la voz del narrador,.
Esto que sigue ya es suposición mía, pues sólo llegué a dejar mis textos y a coger los deberes,:
-Creo que con este ejercicio lo que se intenta potenciar es la voz del narrador, es decir , conseguir la neutralidad del escritor en beneficio del sentiemiento propio del personaje, es como desvincularse de la historia y hacer creible su posición lo más contraria posible a la tuya.
Yo que sé, se me ha vuelto a ir la olla.
Un beso
Aún convaleciente y sodomizado por una culebra que me sale del miembro viril, estuve en la tertulia del sábado pasado.
Leo lo que explica MªJosé de los deberes y no tiene que ver nada con lo que hicimos. Fue un ejercicio de cómo construir una historia con tres peesonajes y sus interrelaciones. HUbo un planteamiento de pizarra y luego cada cual a su cuaderno. Minerva se lució con una historia sencilla pero bien trabada y eso fue todo hasta el café, cuando yo tuve que abandonar la nave.
Esperaba haber encontrado a Virginia, pero se me están borrando hasta las facciones de su cara. Vuelve Virgi, no seas Medea!! Sin embargo estabamos un ramillete de primeras plumas, Tere, Gabi y Min, además del señor argentino, Milagros y una zagaleta que no recduerdo su nombre.
Comprobé con gran pena que la chocolatería ha muerto y están acondicionando un mini bar nada sugerente. Qué pena!!
Pues sí, hay tertulia
Yo esta noche colgaré los deberes
Mañana no podré ir hasta última hora, por que curro
Te lo voy a decir de memoria, ya que no me acuerdo mucho , estoy en la oficina y no tengo a mano los apuntes
Mañaan si no me equivoco hay que traer un texto que parte de una noticia inventada acerca de una madre que mata a sus hijos para vengarse del marido, por que su marido la tiene exclavizada con sus hijos y se queja continuamente de que no los cuida bien.
Esta basado en el mito de Medea
Es un relato de lo que ocurrió, puedes hacerlo desde los diferentes prismas que se te ocurran, desde uno de los hijos, desde la madre , desde el pader , desde donde tú quieras, no sigo por que si no te desvelaré mi prisma particular que nada tiene que ver con ninguno de los demás, besosss.
No he tenido tiempo de colgar nada nuevo a quí, he tenido una semana muy intensa en mis otros blogs, así que este lo he dejado un poco abandonado
Nos vemos mañana si vas, pero llegaré sobre la 1 y media esperadme para que os entregue los trabajos y para recoger deberes
Chaooooooo
buenas
ya veo que este blog esta casi desierto..... alguien sabe los deberes para este sabado y si hay tertulia?
Nunca imaginé que contaría una cosa así, pero el caso es que hace unos días me escapé de la paleta. Sí, soy una mancha de color amarillo y me he escapado de la paleta. Algunos pensarán que estoy loca, otros que a dónde voy a ir. En realidad todos tienen algo de razón. Estuve caminando toda la mañana con mi pequeño hato al hombro. Quería ver mundo y disfrutar de la vida. Estaba harta de mis compañeras de paleta: rosa la sosa, roja la sabelotodo, violeta la ambigua, naranja la naturista. El caso es que no conocía a nadie más y sentía curiosidad por ver dónde se meten las demás manchas, si es que existían. Paseaba tranquilamente por una calle y me senté en una acera a descansar. Cuando me levanté, había dejado tan bien el bordillo que a alguien se le ocurrió poner una placa de vado para rematar la faena. Sinceramente no le di más importancia, he hecho cosas mejores como atardeceres, soles y cosas así. Me disponía a seguir hacia el centro cuando me topé con una imponente mancha azul. Había visto manchas azules en alguna otra ocasión. Creo que una vez compartimos paleta en el cuadro de una marina, pero esta mancha azul era diferente. Tenía un aire chulesco, informal y demostraba una seguridad en sí misma que dejaba boquiabierta a la mejor acuarela. El caso es que ella también debió de fijarse en mí porque tiró aposta un libro de Hermann Hesse al suelo y cuando me agaché para recogérselo, tiró dos o tres más del Marqués de Sade. Estos últimos me hicieron reflexionar sobre el acto. Me comentó que se sentía muy sola y que acababa de salir de una relación con una mancha negra. Yo le dije que las manchas negras no son de fiar. Le conté mi experiencia con una de ellas en un bodegón. La historia no acabó bien. Traté de explicarle que las manchas negras siempre intentan atraparte y convertirte en su color. Nos fuimos a una cafetería-churrería que hace esquina en el barrio de Las Fuentes, una de toda la vida. Allí, tranquilas, nos reímos de Miró y de Tàpies y las dos coincidimos en lo bien que plasmó Lautrec el París de finales del siglo XIX en sus cuadros. Cuando ya se hizo la hora de despedirnos, quedamos en volver a vernos al día siguiente. -En la Plaza Santa Marta, no lo olvides- me dijo. Así que al día siguiente aparecí por allí. Ya no iba con mi hatillo. Había encontrado una pensión en la calle San Lorenzo y conseguí darme una ducha con aguarrás para aligerarme un poco. Llegué de un amarillo limón que daba envidia. Entramos en El Lince y nos pedimos su famoso montadito de arenques picantes y unas sidrinas. Al cuarto de hora nuestros colores habían subido como tres o cuatro tonos, pero éramos felices. Entonces ocurrió. Ella dijo de ir a otro sitio más tranquilo y con cama y la llevé a mi pensión. No podíamos imaginar la trascendencia de lo que íbamos a hacer. Una vez en la habitación, se tumbó y yo lo hice encima de ella. Fue una experiencia maravillosa e inolvidable pero nadie nos advirtió de las consecuencias. Así que cuando quise incorporarme ella ya no estaba. Miré por toda la habitación. Ni siquiera estaba en la réplica de un Sorolla que colgaba en la pared. Desesperada fui al cuarto de baño y ¡horror! Ahora yo ya no era amarilla, sino verde.
Hoy camino con mi hatillo al hombro de vuelta a la paleta. He comprendido que la vida fuera de ella tiene cosas maravillosas pero, como todo, también tiene su lado oscuro. No dejo de pensar en el dineral que va a costarme una terapia para tratarme el trastorno de doble personalidad. Mi querida mancha azul, te llevo conmigo a todas partes.
PRIMERA ESCENA:
Otra vez he vuelto a quedarme dormido en la mesa de la cocina, viendo la tele, y es que esa cama es tan grande para mí, que me pierdo en ella. ¿Quién lo hubiese dicho hace tan sólo unos meses?
Pero es que estoy tan a gusto aquí, que es sentarme y quedarme planchado. ¡La plancha! Eso sí que es una maldición. María se pega horas y horas planchando para nada. Debería estar siempre en pijama y pantuflas, pero no. No logro quitarme la costumbre de ponerme el traje, y la corbata… ¿para qué demonios me pongo corbata? Y eso no es lo peor, no. Lo peor es quedarme media hora delante del espejo intentando pelearme con el nudo, mi garganta y los dedos. Si es que como ella nadie para poner corbatas.
¡Qué inútil soy! Soy y he sido, apenas si sé hacerme unos huevos fritos. María ayer me hizo unas lentejas que no se las salta un torero. ¡Qué buenas! Que digo buenas, riquísimas, algo fuera de serie. Si Elena me hubiese visto comerme esas lentejas no se lo habría creído en la vida. Siempre me decía que era demasiado sibarita y que mi madre me había mal acostumbrado. ¡Mi madre! Esa señora robusta, de buena presencia, que parecía que no iba a morir nunca de puta vitalidad y lo que son las cosas, murió de un mal parto. ¡No somos nada!
¿Pero qué hora debe de ser? Todas las comodidades del mundo, pero el reloj siempre atrasado. ¡Joder, qué tonto soy! ¿Será por reloj? Si cubre casi media pared ¡por Dios! Son las tres de la mañana. Y la tele encendida. ¿Qué es eso que están dando? Un documental sobre Alaska. Muy bonita, la verdad. ¡Qué paisajes! Pero que me importa a mí, si no voy a ir. ¡Joder, qué pedazo de lagos! Anda mira los osos como cazan salmones. ¡Ostias, mañana, bueno, dentro de un rato cuando llegue María le pediré que me haga unas rodajitas de salmón. Las hace de muerte…es la ostia esta mujer cocinando, bueno y no sólo cocinando, es toda una artista con la plancha.
Eso, debe pensar que soy tonto de remate, todos los días me deja un traje limpio, e impecable, ¿y para qué? Voy hecho un desastre, lleno de arrugas, el traje parece más viejo que yo. ¡No, no soy viejo! Soy un desastre, pero no viejo.
¿Y ahora qué hago? No me apetece ver la tele, me cansa, si me pongo a leer no me enteraré de nada y sólo conseguiré un grandísimo dolor de cabeza. Si fuese otra hora, menos intempestiva llamaría a mis nietos. Pero anda, si no me contestan a horas normales, a éstas muchísimo menos. Siempre están ocupados, esta gente joven no para un segundo, igual están de fiesta por ahí, pero anda la gracia que les haría recibir ahora una llamada de su abuelo, a lo mejor se asustan, y no… mejor espero a que se haga de día.
Me apetece comer algo, no sé el qué. Una onza de chocolate negro y unas galletas. A este paso no voy a caber por las puertas. Mejor enciendo la radio, a ver que cuentan. Pues vaya también lo animado que está el patio.
¿Qué día es hoy? No sé. Todos los días para mí son iguales. Vivo prácticamente en esta silla de la cocina, sólo me muevo para ir al lavabo o para comprar por las mañanas el periódico.
No hay nada como desayunar un café leyendo el periódico. Fíjate por donde, me están apeteciendo unas tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. A Elena le encantaban, con mermelada de melocotón.
Tanto trabajar ¿para qué? Sí, tengo una casa enorme, con tres plantas, 9 habitaciones, 4 cuartos de baño, dos garajes, dos coches, una cocina en la que desayunábamos a diario, 6 personas, mis tres hijos, mi mujer, María y yo.
Si no fuese por María, yo estaría en una residencia, y todo esto vendido. Mis hijos, todos tan lejos, mis nietos, bueno, eso es harina de otro costal. Creo que si algún día viniesen sin sus padres no los reconocería.
¿Cuánto hace que no los veo? Por lo menos hace tres años que no los veo. ¡Claro, son tan jóvenes! ¿Qué van a hacer ellos aquí, en un pueblo donde sólo quedamos viejos? Además, no conocen a nadie, y tienen sus amigos en la ciudad.
Igual me presento un día de estos en su casa, pero… ¡No! Soy un viejo, y les molestaré, y no hay necesidad de eso. Ya vendrán ellos, aquí siempre son bien recibidos.
Pues anda, que si viviese en el Canadá aún sería peor, pero podría ir a pescar, allí también hay grandes lagos, vamos eso creo. Ya no sé ni lo que me digo.
María es un encanto de mujer, podría haberse ido ella también, pero se quedó conmigo, si no es por ella, a estas alturas habría olvidado hasta como se habla.
¿Y esos cuadros? Cada día me pesan más los recuerdos. Recuerdos que se me vuelven pesadillas. Cuando los miro, veo a Elena,… ¡Qué ilusión le hicieron! Fuimos a Zaragoza y si no se los compro le da un algo. Si los pudiese regalar, pero que no, ¡cómo voy a regalar yo los cuadros, si eran su capricho! Eso sería alta traición.
La tontería los cuadros nos salió cara, tuvimos que cambiar de color las paredes. Unas paredes tan llenas de vida para un anciano. No deja de tener su gracia. Por eso siempre estoy en la cocina, es más acorde conmigo, la única nota de color la pone el granito negro, los muebles son de madera natural de roble. Cualquier día me pongo a hablar con los armarios.
Estoy pensando en cambiar la mesa, y poner una mesa plegable pequeña y traerme el sofá cama de la sala de estar. En ese espacio podría poner la tele grande. Pero seguro que María se enfada. Se pondría perdida de grasa.
¡Bueno! ¿Y qué? La casa es mía, ¿no?, pues eso. Yo disfrutaría como un chaval viendo el futbol en la grande, si tener que cambiar de habitación.
Si además me pudiese poner un inodoro en la galería, cerrado por supuesto, sería ya el no va más. El resto de la casa se podría hundir por mí. Estoy loco, tanto trabajar, si casi no he conocido a mis hijos más que de domingo en domingo y a veces ni eso. Cuando su madre vivía, venían más a menudo, pero por ella. A ella sí que la querían.
Comer sólo no me gusta, pero siempre tengo ganas de picar lo que sea.
¿Qué hora debe de ser? Uffffff, son casi las seis de la mañana, tengo sueño, pero si me echo a dormir María me pillará en la cama. Si no me acuesto, cuando llegue estaré muerto de sueño. ¿Qué hago? Es muy tarde para dormir y muy temprano para levantarse.
Ya sé, voy a medir la cocina y voy a diseñar mi nueva estancia. Estoy medio muerto de sueño, y no puedo centrarme, mejor me voy a la ducha.
—Si es que eres un desastre Julián, será posible que no seas capaz de hacer nada de forma normal, comer a unas horas determinadas, dormir, ver la tele… No, tú, no. Tú tozudo en hacer las cosas de cualquier manera. ¡Joder! ¿Has visto como te has puesto el traje? Entre arrugado y churretes de chocolate pareces un gitano.
Me voy a cambiar, mejor —¡Vete a ducharte so marrano! Y aféitate, pareces un pordiosero, y péinate un poco. Venga espabila, que ya falta poco para que llegue María.
Julián hoy te vas a poner un chándal y vas a salir a andar un poco y que te de el fresco, dentro de nada además de no saber hablar no vas a saber caminar. Y de vuelta compras unos churros, el periódico, y así le das tiempo a María a hacer el café—.
Bueno, esto ya parece otra cosa, después de desayunar llamaré a mi hijo Pedro a ver si va a venir este fin de semana, o mejor, llamaré a Sara, que es mi primera nieta, a ver si la convenzo de que venga a verme.
¡Cómo pasa el tiempo! Me parece todavía tener a Pedro, Paula y Tomasín pequeños, hace nada, e íbamos de vacaciones a Rosas, la Ampuria Brava, no sé por qué pero siempre tuve debilidad por la costa brava, más que ninguna otra del mediterráneo. Claro, a mí lo que realmente me gusta es el monte, y allí está todo junto, yo podía estar tranquilamente a la sombra de un pino mientras ellos estaban en la playa. Todo eso ya habrá cambiado, hace tantos años que no voy a la playa. Si mis nietos quisieran venir, pasaríamos unos días este verano en algún hotel, pero ya veremos.
Va a ser muy difícil, con los pequeños no me atrevo a ir solo, y los mayores no querrán saber nada de un abuelo. Lo entiendo, pero me fastidia, los viejos no pintan nada con los jóvenes.
Lo que debería hacer es morirme ya, y dejar de dar tormento a la gente. Pero eso tampoco es cierto, ellos ni me ven ni me soportan, estamos muy lejos. O quizá debería pensar en mudarme a la ciudad. Pero… ¡Uy, no! La ciudad no está hecha para mí, por eso tengo esta casa en las afueras. Todo el día sirenas sonando, gente de aquí para allá, vivir encerrado en cuatro paredes, rodeadas de asfalto, no, eso no es para mí. Total, para lo que salgo aquí, casi me daría igual, pero… no. Mejor me quedo en mi casa, sería un estorbo y se tomarían como obligación estar pendientes de mí, y al final siempre hay problemas.
¡Joder! Yo aquí de cháchara, y María ya está abriendo la puerta.
Me voy a por el periódico, y a recargar el móvil, para llamar luego en un rato.
¡Qué día más bueno hace hoy! Hoy el sol calentará, y un cafetito bien caliente acabará de templarme el cuerpo. Que no se me olvide recargar el móvil. Anda que el aparatejo este me pega cada susto que me enciende. Se empeñó mi nieto Iván en regalarme un Móvil ultra moderno, no sé para qué, si justo me va para descolgar y llamar. Estas tecnologías no son para viejos, y yo lo soy, no mucho, pero si lo suficiente para estos artilugios. Lo que peor llevo es no poder hablar con nadie, y mis nietos, ellos, son todo lo que no pudieron ser mis hijos. Han conseguido hacerme llorar, y sentirme aún más abandonado. —Elena, espérame, quiero irme contigo. Debiste esperar a que me fuese yo primero, todo hubiese sido mucho más fácil—.
Casi se me olvida: —Elena, tu beso de buenos días. Te sigo queriendo—.
SEGUNDA ESCENA:
—Sara, hija… ¡eh! ¿Me escuchas?
—Sí, soy el abuelo Tomás, el de Barbastro… ¿qué dices?
—Sí, mujer, que ya sé que era una broma. No, no me he enfadado.
—Oye una cosa hija. ¿Por qué no os venís este fin de semana para aquí. Ha nevado y podemos acercarnos a la nieve.
—Vaya… Que tienes exámenes… Pues aquí nadie te va a molestar, ruidos no vas a tener, y lo de la nieve lo podemos dejar para otro día.
—Vaya. ¿Y estás muy resfriada? ¿Has ido al médico? Cuídate, que los resfriados mal curados tienen mala pata
—¡Ah! ¿Y qué te han mandado?
—¿Paracetamol? ¡Ah! En mis tiempos se curaba todo con una aspirina y yéndose a la cama. Ahora todo es tan distinto.
—¿Qué dices? Sara hija, se pierde la comunicación.
—Si ya estoy quieto
—¿Así mejor? Vale, me quedo quieto aquí.
—¿Un ordenador? ¿para qué quiero yo un trasto de esos?
—¿Qué tú me lo instalarías? Bueno, si es así, me lo pienso. Pero..,
—No te enfades Sara, es que yo no sé ni qué debo comprar, ni marcas, ni instalarlo, soy muy viejo para esas cosas
—Hombre, eso espero, no morirme aún, pero es que yo no he manejado nunca un cacharro de esos. Lo mío han sido siempre las cuentas a mano. Hasta el móvil me cuesta.
—No te rías hija, que a mí no me hace ninguna gracia.
—¿Y dices que puedes ver a través de esos cacharros a los que te hablan?
—¿Y eso como has dicho que se llama? Video… ¿qué?
—¿Y eso como funciona?
—Pues claro que tengo línea de teléfono fijo, lo que pasa es que como todos tenéis móvil pues me es más cómodo.
—Y tengo que contratar Internet ¿con telefónica?
—Me parece demasiado complicado, pero lo intentaré
—¡Ah! Que puedo llamar a telefónica y ellos me mandan un técnico y me lo instala. Esa opción me parece mucho mejor.
—¿También ellos me lo venden? Estos de telefónica son unos vivos. Lo tienen todo atado.
—Pero, ¿me enseñarán cómo funciona ese cacharro?
—¿Qué no? Y… entonces ¿para qué demonios quiero yo el cacharro ese?
—¿Qué me apunte a un curso? ¡Uy! Me parece que muchas cosas pides Sara. Mira que yo ya no tengo la cabeza para estudios
—Sí, muy fácil para ti, pero para mí… ya veremos. No lo tengo nada claro.
—Mira si me prometes que vas a venir a ayudarme, y a enseñarme este verano, cuando acabes los estudios, yo te prometo firmemente ponerme a ello.
—Entonces hasta el verano nada de nada, ¿no?
—Bueno, hija, perdón por ser tan pesado. Un beso cielo. Pórtate bien, y dales un beso a tus padres y otro para Sergio.
—Venga hasta otra…Sí, hasta otra.
No sé para que llamo, siempre tienen cosas que hacer, pero la idea del ordenador no me parece tan descabellada. Sería genial poderlos ver mientras les escribo. Pero… es que no tengo ni idea de utilizar esos trastos. Me da a mí que esto no va a ser más que un tiraperras, pero en fin, todo sea por ellos.
Mañana mismo llamo a telefónica y que me informen, me den precios, y si no me pasaré por cualquier tienda de estas de informática y que me asesoren, que los de telefónica siempre han sido muy ladrones. De paso, les preguntaré donde se aprende a usar estos cacharros. Me voy volando para casa que María habrá hecho un café buenísimo, y hoy no compro churros, el periódico y con el pan de ayer me haré las tostadas, que se me ha quedado el olor en el paladar desde que me he acordado de ellas. Hoy me volvería a comer otro plato de lentejas, pero bueno, eso María ya dirá.
Le tendría que haber dicho que no. Si después ya sé lo que pasará, que seguro con la mala suerte que tengo no me vale la línea, o no me lo instalan bien, o yo que sé. Es una gran posibilidad la que me presta el cacharro pero ¿ya sabré yo darle utilidad? También me dijeron lo mismo con el móvil y si no llamo yo no se acuerdan ni de que existo.
Bueno, una ventaja tengo y es que de escribir a máquina sé un rato largo. No pierdo nada por intentarlo.
¡Qué bien huele ese café! Y las tostadas están de muerte, ni muy quemadas ni muy blancas, en su punto.
Esta María vale lo que un Potosí.
ESCENA TERCERA:
Me he comprado el ordenador, me he ido a hacer cursillos hasta el verano, y todo ¿para qué?
—Ya te lo dije yo Tomás, que era perder dinero y tiempo—, pero de nada ha servido saberlo de antemano.
Al menos el móvil me lo regalaron, pero el ordenador me ha costado casi 1800 €. En las clases particulares me he gastado… ya ni lo sé, ni quiero saberlo, y total que nunca se acuerdan de darme su dirección de correo. Yo no sé aún como se mandan los mensajes, me hago un lío, los llamo para que me lo den, y me dicen —“Ya te mandaré un sms”—, pero con eso me quedo.
No quiero darme por vencido, ni sentirme como un perro apaleado, ellos tienen su vida, y yo la mía. Además esto de Internet no está tan mal, me paso los días mirando cosas, ahora ya no me compro los periódicos, eso que me ahorro, leo la prensa por la red. Aunque maldito el ahorro que me supone, si pago 60€ al mes de conexión. Me vendieron la moto de 10 megas y lo único que llega es a 1 y gracias.
Hace muy poquito tiempo no sabía que era y como funcionaba el cacharro, y ahora me escucho y parezco todo un entendido. Lo que más me fastidia de todo es que me compré todos los accesorios habidos y por haber, que si un pen – drive, de esos, que si una impresora con fax y escáner, que si un micrófono con cascos incluidos, que si la web cam, vamos que no me falta un detalle. Bueno, sí, que mis nietos se conecten y me den su dirección de correo. Pero no hay manera.
En el cursillo hay un par de amiguetes, que me he hecho, me dicen que se dedican a ligar por Internet, pero yo sinceramente prefiero comprarme un perro.
Ya tengo bastantes mirados, tengo guardadas en favoritos por lo menos 6 páginas de anuncios de compra- venta de cachorros.
Siempre me han gustado los perros de agua españoles, pero tienen el inconveniente de que sueltan mucho pelo, me iría mejor uno de poco pelo como esos que se han puesto de moda ahora los sarpeigs esos o como se llamen, pero son tan feos que de pensarlo me sale sarpullido.
Lo que tendría que hacer es dejar de pensar tanto en mis nietos, vivir un poco la vida, pero eso es casi imposible, si cuando tuve edad para hacerlo me faltó mi queridísima Elena. Bueno, si Elena se imaginase ni de lejos, que estoy pensando en comprar un perro, de seguro me llevaba con ella sin perder un segundo.
—¡Ay! Elena ¿Tan malo he sido para merecer este castigo? No me puedo creer que consagrar toda una vida al trabajo, al sacrificio personal en bien de la familia reciba por pago este desapego—.Quizá sea yo el culpable de todo, quizá me deje obnubilar por el dinero, por poseer una casa grande, hermosa, soleada, y apartada de la urbe, por tener dos coches, por permitirme pagar a mis tres hijos una carrera universitaria, el mayor estudió medicina, 6 años mas el MIR, Paula se decidió por Biología, y el pequeño siempre me llevó de cabeza, empezó tres carreras y al final se quedó con Empresariales. Nunca les reproché nada, al contrario, siempre les he dado todo lo que ha estado en mi mano, y ahora, ellos viven su vida con sus respectivas familias, y el único nexo de unión entre nosotros está muerto.
Igual hago caso a mis amigos y me voy con ellos a un bar de copas que hay en Lérida para separados, divorciados y viudos, pero me da no se qué, yo no quiero más mujer que mi Elena.
Y encima si me liase con una mujer donde estaría con ella, en la habitación de matrimonio por descontado que no, en la de alguno de mis hijos…, pues tampoco me parece bien. De hecho, ningún sitio de esta casa me parecería bien para traer a otra mujer que no sea la que fue siempre su dueña, y ella ya no volverá.
Decidido, me compraré un perro, un perro de agua catalán, y lo tendré en la terraza de al cocina, que es amplia, y es como un jardín interior, de esa forma mataré dos pájaros de un tiro, me obligaré a salir y ya no me sentiré solo.
Y a mis nietos, que hagan lo que quieran, si vienen serán bien recibidos, si no, yo me seguiré yendo a pasear con Trenzas, he pensado hasta el nombre, debería llamarlo Rastas, pero si lo hago igual piensan que soy un abuelo yeyé.
El ordenador, creo que lo usaré poco, igual cuelgo un día de estos un anuncio por Internet a ver si saco algo de lo que me he gastado en él.
María debe estar a punto de llegar, hoy tocan lentejas, por fin.
—¡No! No es mío
—Él te ha elegido. Siempre lo hace. Hace 23 años, me eligió a mí.
—¿Cómo sabes que es él el que me ha elegido?
—¿Lo has visto brillar, verdad? Y después… Después no has podido evitar quedarte para admirarlo. ¿No es así?
—Bueno, así, así… No. Me ha llamado la atención ese brillo. Pero después todo ha sido tan rápido que casi lo había olvidado.
—No deja de ser extraño, hasta ahora sólo había elegido a hombres. Cada 23 años ocurre. No sé como. Cambia de manos, y el que lo recoge, recoge la culpa de su crimen.
—¿Perdón?... Sigo sin entender nada.
Aquel hombre barbudo, mal vestido, con las uñas excesivamente largas y sucias empezó a sacarse aquel objeto ajado y sin lustre alguno.
—Pero… ¿Qué está haciendo? No lo quiero, no es mío. No quiero que me lo dé.
—Perdone señorita, usted no está en condiciones de decidir si se lo queda o no. Él ha elegido, y se quedará con usted.
—No lo pienso coger.
—Ya es tarde. Ya está en su dedo.
—¿Qué?
Era verdad estaba en mi dedo corazón. No me apretaba, pero no lo podía mover ni un poquito, parecía estar tatuado.
Recuerdo que intenté quitármelo de todas las maneras conocidas y por conocer, pero no hubo forma.
Ya en el tanatorio, donde yo trabajaba, cuando me trajeron los cuatro cadáveres para prepararlos, aquel artefacto, volvió a brillar con una intensidad cósmica, irradiaba un haz de luz azulado que cegó todas las demás luces de la estancia.
Otra vez volvía esa conversación a mi cabeza, tumbada en la cama de mi celda.
—Haga lo que haga el anillo hará que todas las pruebas apunten contra usted, y no podrá hacer nada para evitarlo. Además si quiere librarse de él, tendrá que someterse a su poder. Dentro de 23 años la liberará.
—¿Y si me niego? ¿Qué pasará?
—No lo sé señorita. Hasta ahora nadie se ha podido negar. Inténtelo y si puede deshágase de él por el bien de todos.
El hombre se alejó, y según iba caminando, pareció rejuvenecer, su espalda se irguió, su paso se hizo más firme. Cuando calculó que estaba a una distancia prudencial, se despidió de mí mandándome un saludo con su mano derecha, y siguió su camino.
¿Qué más da? Todo es una mierda. ¿Qué importa que no lo hiciese yo, si yo quiero pagar la pena?
Nadie sabrá nunca lo que ocurrió, nadie, excepto yo. Jamás hallarán la respuesta que buscan, y sin embargo se conforman con cargarme el muerto.
La gente que estaba allí no se dio cuenta de nada; de repente todos parecían muertos y el médico forense firmó el parte de defunción casi nada más llegar.
Sus cuerpos inertes no me impresionaban, sus miembros rígidos y azulados no me asustaban, ya no se levantarían contra nadie, ya no volverían a golpear.
Cuando les extraje la sangre de sus corpulentos cuerpos, supe que yo les estaba matando, su sangre latía aún caliente.
No sé como la policía tuvo tan claro que yo era la culpable.
Paulino permanecía totalmente ajeno a todo, probablemente no se dio cuenta de nada; él estaba en el suelo cubierto de sangre, fue el primero en ser recogido por las ambulancias del SAMUR. Los otros fueron detrás totalmente embalsamados en bolsas del color del papel de aluminio.
La gente se empezó a dispersar, y tan sólo quedaron unos pocos que fueron escogidos por la policía al azar para que testificasen.
Nadie sabía cómo podría haber ocurrido.
¿Cómo explicar que cuatro personas, en medio de la paliza salvaje, que le estaban propinando a Paulino, de repente cayeran muertas al suelo, sin que nadie les tocase, sin tener signo alguno de intoxicación ni siquiera un rasguño en su cuerpo?
¿Sí nadie se les acercó, que pudo pasar?
No lo saben, pero da igual, tienen un culpable.
¿Qué más da quien fuese?
Ellos están muertos y enterrados. Paulino salió airoso del percance y sigue su vida.
Y yo…, Yo estoy en la cárcel.
Te fuiste rebelde y has vuelto más rebelde… Tus palabras han llegado al pozo infecto de mi corazón. Siempre serás brisa marina rebelde, por que ellos te acompañaran en tus sueños, en tus ansias, en tus ilusiones y fracasos.
Sueños rotos como cristales de botellas medio vacias, sueños indefensos ante la vida voraz, sueños que te acercan a tus lágrimas de sangre púrpura, que recorre tus venas en busca de alcohol, de pesadillas, de olvidos y sinsabores.
Ahora, no quiero escribir, sólo sentirte, sentir el sonido de tus lágrimas rodando por el río, siguiendo la vereda de una vida que se lleva, buscando en la margen la ilusión para seguir adelante.
Hoy, ahora, seré esa brisa marina que te acaricie, que congele tu cara, y acune tu pecho, hoy seré una madre húmeda y salada como tus lágrimas.
Quiero sentir como mi sangre entra por tus arterías y saca los escombros de tus miedos a través de tus venas, irrigarte de esperanza miserable, por que todo puede ser peor, todo, sí, menos nosotros, que amamos en silencio la vida que pasa, que nos llega, que nos mutila y nos arrastra.
Brindo con vino añejo por la rebeldía de tus 18 años, por ese ser rebelde que se preocupa por ti, que me riñe a mí, y también por que mañana nos tiren al río, junto a nuestras botellas rotas y se olviden de que existimos, por que juntos somos todo, solos nada.
Quiero creer que nada nos separa, tan sólo unos centímetros en un gran mapa, y creo que nuestras auras están conectadas, el rebelde, el niño y la mar en calma. Así será aunque Dios se la menee riéndose y burlándose de nuestra alianza. Ni siquiera él, el poderoso, el omnipresente, el que todo lo ve nos vencerá, por que nuestra derrota será nuestra victoria, y borrachos al amanecer veremos el río que la vida se lleva.
Lanzaremos nuestras botellas a aquellos que se ríen de nuestra conjura de necios, pobres y carentes de vergüenza, y los cristales estallarán cortando el vacío de nuestras almas.
Tk. M.
Cuando era bebe, era imposible poderlo tapar, ya que su cuello retorcido hacia dentro y abajo le producía el ahogo, y con sus brazos menudos arremolinaba las mantas hasta dejarlas hechas una pena.
A medida que se iba haciendo mayor, empezaba a opinar por si mismo, y una cosa que no soportaba eran las manoplas. Su madre se las ponía para que la gente no se fijase en que tenía seis dedos, huelga decir que esto carecía de importancia si lo comparabas con el aspecto de lo que comúnmente solemos llamar cara. El pobre se pirraba por los guantes de piel, le encantaba el tacto, además le iban muy bien debido a la sensibilidad extraordinaria de su piel. Ya os podéis imaginar la gracia que le hacía a la mamá, pues tenía que adaptarlos a las peculiaridades de sus manos, lo cual le costaba un mundo, agujerearlos y acoplarle el sexto digito.
Otra cosa que le encantaba era llevar bufandas de lana, a lo que su madre intentaba convencerlo de que no se la pusiese, pues más parecía un turbante de joroba que otra cosa. Como su cuello se aplastaba hacia delante según iba creciendo se le pegaba al pecho de forma que no había manera de enrollársela por ningún lado. Pero lo que son las madres, por complacer al niño hacía lo que fuese.
Cuando se hizo adolescente, su miembro viril se volvió medio loco, y cuando menos se los esperaba salían disparadas las consecuencias de las irregularidades hormonales. Para colmo de males le gustaban los pantalones de pitilllo, su madre debía abrochárselos pues sus cortos brazos le impedían llegar al botón, y con las eyaculaciones involuntarias y las patitas como alfileres parecía siempre meado, aparte de pegajoso, y cuando andaba las perneras chirriaban.
Más o menos cuando tenía los 20 años tuvo que asistir a una boda de una prima, lo invitaron pensando que él mismo se negaría a asistir, pero no contaban con que nuestro amigo tenía una auto estima fuera de lo común y para nada se escondía de nadie, según él los raros éramos nosotros.
Se le metió en la cabeza que quería ir vestido de frac. Nunca un pingüino tuvo tanto éxito. El problema peor fue ponerle la camisa, su madre se pegó cerca de tres horas para podérsela colocar. Pero él no desistió de su sueño, todo lo contrario, con indecible paciencia aguantó toda clase de improperios provenientes de su progenitora hasta que la tuvo puesta, aunque no se sabía muy bien si estaba al revés o al derecho. Y ya cuando parecía que lo peor había pasado, le pidió a su madre que le pusiese los gemelos, aún a sabiendas de que era alérgico a cualquier tipo de metal.
Llegó a la boda con la camisa hecha pedazos, ya que los gemelos le empezaron a picar y con las enormes uñas desgarró por completo ambas mangas. Su madre para disimular un poco la situación le quiso poner la chaqueta por encima. Al no tener un cuello en condiciones el frac se le caía de todas las formas en que lo intentaba. Finalmente optó por ponerle un imperdible plastificado, pero como pesaba mucho, se volvía a resbalar, con que como última solución tuvo que coserle el cuello del frac al de la camisa, pero como no se estaba quieto, tanto rascarse, se le quedó todo encogido y fruncido, aún así no se echó atrás y siguió en sus trece de acudir con esas pintas al banquete, pues a la iglesia ya no llegaban ni por obra de milagro.
Se aficionó a beber bebidas con gases, le encantaba la coca—cola, aunque existía un serio problema para beberla, todo debía tomarlo por medio de pajitas, y no tenía control alguno sobre si aspiraba o espiraba lo mismo se llenaba el vaso de burbujas, que se le salía por los oídos. Estos eran aparentemente normales, pero el agujerito que va a dar a la membrana del tímpano, era exageradamente grande y además estaba hueco, si tenías las narices suficientes para asomarte por ellos, veías su laringe completa, y cuando estaba resfriado, su madre le sacaba el moco con jeringuillas de las gordas.
Y ya para finalizar tenía una manía, tal y como las conocemos nosotros, no soportaba las puertas cerradas, y las ventanas debían estar siempre abiertas y con las cortinas corridas. En verano era un completo incordio por culpa de los insectos, y en invierno por que pasaban un frío de perros. Al ser imposible taparlo cogía resfriados de órdago, y su mamá no ganaba para jeringuillas, ni para bolsas de basura, pues estos olían que tiraban para atrás, con lo que cada vez que se los limpiaba tenía que salir urgentemente a tirar los desperdicios.
Otra cosa que le encantaba era asomarse por la ventana, y mirar las chicas que pasaban por la acera, como no podía hablar, se le escapaban unos sonidos repelentes comos si fuese el silbato de un tren afónico, y poco después sus pantalones se quedaban pegados a la pared.
Cuando murió su madre, la familia pensó que la mejor opción iba a ser llevarlo a una residencia, y así lo hicieron sin perder ni un solo día. De hecho el día del entierro de esta pobre mujer, lo vistieron y asearon en la residencia, aunque para no complicarse la vida lo sacaron en pijama, y con zapatillas de estar por casa… total para lo que iba a hacer.
El caso es que ese día fue el primer día en que entró en depresión, no por la muerte, si no por la vergüenza que tuvo que pasar al despedir a su madre de esa guisa.
Y es que contrahecho era, pero su cabeza era envidiable. Se encerró y se puso a estudiar de forma compulsiva, y llegó a sacar la carrera de Criminología.
Pocos años después falleció.